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Crónica | Los Fesser en Madrid

Crónica: @marioodjm

Reportaje fotográfico: @eleqmphoto

Corría el año 1985 cuando, de repente, el pensamiento de convertir un cine en una sala de espectáculos inundó las cabezas pensantes que se encontraban justo en ese preciso momento en el número 100 de la Calle Galileo. Se intuye que nadie de los que leerán estas líneas estuvieron ahí, aunque bien uno se puede hacer a la idea. Es sumamente probable que ninguno de los presentes en esa tarde de octubre imaginara que, gracias a la sala Galileo Galilei, Madrid es hoy un poco más guay que hace 37 años. O mazo guay, por hacer honor a San Isidro. El caso es que, a partir de ahí, comenzó la actividad cultural de uno de los locales más míticos de la capital. Noche tras noche se subían al escenario monologuistas, músicos y artistas de todas las disciplinas artísticas para ofrecer lo que se traían entre manos al respetable. Sin trampa ni cartón.

Si la Galileo es Madrid, qué mejor que celebrar el patrón de San Isidro en tal emblemático establecimiento. Es la hora de vestir de chulapos y chulapas. Es la hora de elegir entre las rosquillas listas y tontas. Es la hora de gritar bien alto eso de: “¡Madriz, Madriz, Madriz…!”. Todo ello está muy bien, pero debe hacerse en compañía para que se pueda disfrutar más de la única época del año en la que no se le mira a uno raro por bailar un chotis. Y esa compañía tuvo su papel protagonista en Los Fesser. Sí, ese grupo en el que se ve a la legua que todos y cada uno de los miembros que lo forman no podría vivir feliz sin la persona que tiene al lado en el escenario.

La velada tuvo que interrumpirse y aplazarse dos veces. Ya se sabe, cosas de la pandemia. Poco más que explicar. Atendiendo a los tópicos, a la tercera fue la vencida. Y se disfrutó como si fuera la primera vez. La razón es relativamente sencilla: todo es mejor si es compartido, ya sea la música o la felicidad. También porque la música no es ruido en ningún caso. Es lo que salva a cualquiera de un día de perros. Qué más da si te han sido despedido del trabajo. Qué más da si la persona que llevas observando con los ojos vidriosos día tras día ni siquiera sabe de tu existencia. Cuando te pones los cascos o enciendes el equipo de música y pones tu canción favorita, las penas vuelan hacia un sitio del que no podrán salir hasta que el disco acabe. Y si acaba, pues se reproduce de nuevo.

La ráfaga de Si la música es ruido dio paso a ese Volveremos que no podía venir más al pelo. “Volveremos a cantar, volveremos a brindar…”. No se acaba aquí la lección. Es bien sabido que en la vida hay momentos malos y buenos. Dicen por ahí que más malos que buenos. No importa. Lo que debe hacerse es disfrutar de los buenos como si fuera la vida en ello. Porque, sí, se llegará un punto en el que se navegará y se flotará. Pero para eso ha hecho falta que se haya naufragado previamente. De los errores se aprende. “Y si Naufragamos, es porque algún día navegamos”.

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Todo iba sobre ruedas. Adictos los dos y Una historia sin final hacían bailar y cantar a todos los que se dieron cita en la Galileo. Lo que nadie se podía imaginar es que el sonido se apagara en Quédate a dormir. De pronto y sin avisar. No estaba en el guion. Sin embargo, lo que ocurrió rozó la magia: los instrumentos y las voces se apagaron durante unos segundos y las voces del público fueron las que tomaron la responsabilidad absoluta. Todos a una. “Quédate a dormir, no hay lugar en el mundo que sea mejor sin ti”. Para el recuerdo.

Todavía restaba una pizca de exaltación. La que enciende la chispa. El avión despegó y se viajó a Japón. Igualmente, se separó Frío o calor de sexo o amor. “Esta banda empezó con un rock and roll”. Que continúe muchos años. Oxidado significó ese punto de no retorno entre la mesura y la locura. Pocos aguantaban ya sentados. “Prefiero morirme quemado que vivir siempre frío o gastado”. 365 o arriesgar para ganar. Todo se cerró como si se tratase de un círculo.

Ahora sí, Si la música es ruido sonó a todo trapo y al completo. No resulta complicado asociar el arte en todas sus vertientes con los locales que lo hacen posible, ya sean museos o salas de conciertos. La Galileo Galilei es una de ellas. Y que sea para muchos años más. Que suene bien alto, que los escuchen los de ahí arriba: “Si la música es ruido, que me encierren para siempre”.

Sobre Mario de Jaime Moleres

¿Hay algo mejor que abrir la aplicación de música de tu móvil, ponerte los cascos y cantar en voz alta pensando que tienes una voz angelical cuando en realidad cantas peor que un grillo mojado? Así se podría resumir mi día a día, porque si no estoy de esta guisa me encontrarás en cualquier concierto y en cualquier sala de por ahí. Por cierto, también toco una poco la guitarra y soy periodista, aunque creo que es lo menos importante.

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