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Crónica | Michelutti en Madrid

La mente posee un poder casi único. Gracias a él, puede darse la ocasión de que, con tan solo cerrar los ojos y jugar con lo que se ve alrededor, se pueda viajar a ese lugar que siempre se ha soñado. Aquel que presta una paz absoluta. La lectura ayuda mucho a potenciarlo, por supuesto, pero resulta de gran importancia que la fantasía vaya de la mano de la incertidumbre. Conocer nuevos sitios. Alejarse aunque sea un poco de la rutina diaria y del gentío. De los horarios y del café de media mañana. A unos metros de la Gran Vía madrileña existe un lugar en donde todo ello es posible. Dar la espalda a las calles convencionales y adentrarse en esas aceras extrañas y solitarias.

Es precisamente en una de ellas en donde tiene cabida El Perro de la Parte de Atrás del Coche, una sala que parece sacada de un cuento. O de un cómic de Batman. Fue el lugar elegido para que Michelutti y su banda presentaran su último disco. Con amigos alrededor todo es más sencillo, ya se sabe. Unos huesos en las escaleras de bajada. Un escenario al lado de una barra al otro lado del local. Unas cervezas en la mano. Todo preparado para una velada familiar de mucho rock and roll.

Ataviado con unas gafas de sol negras y una camiseta de Marilyn Monroe, nuestro protagonista pisó las tablas escudado por su banda con una energía codiciable. De aquí para allá. “Quiero vivir una vida plena sin restricciones y a mi manera…”. De la covacha supuso el punto de partida. Canciones nuevas mezcladas con las que ya se conocían. Los minutos pasaban y poco a poco la atmósfera era cada vez mejor. “¡Qué ganas de ver a la gente sonreír!”. Y tanto. Es difícil encontrar algo más bonito que una sonrisa que delata la aparición de la felicidad y la satisfacción. Ganas de verte fue sinónimo de ese amor roto. Aquel que hace ver cosas que no se asemejan con la realidad. “Creía verte bailar entre la gente…”.

El hecho de caminar sin rumbo no solo permite alejarse de las tediosas horas de aburrimiento. La mente necesita aires nuevos para que se vea desarrollado el arte de imaginar nuevos mundos. Dando tumbos demostró que recorrer los bares de Malasaña y La Latina hasta que salga el sol es algo incomparable, por la sencilla razón de que autoriza a que se pueda llegar donde se quiera llegar y de disfrutar todo lo que se tenga. Cuando se alcance esta meta, el peso del miedo desaparecerá y se podrá ser más libre. “¿El miedo cuánto pesa, lo saben?”. Quizás demasiado. Liberarse de las ataduras que hacen que cada cual se mantenga anclado en el suelo es, a todas luces, vital y necesario.

@mario_smw

El ritmo clásico del rock and roll cincuentero dio paso a unos minutos de reggae. Un punto y aparte en medio de tanta locura. Nada nos pertenece era lo que se necesitaba en ese momento de pausa y paréntesis. Pero todo vuelve. Subida a la barra. Enajenación colectiva. “¿Tienen ganas de rock and roll?”. La respuesta parecía obvia. Presentación de la banda y a guitarrazo limpio. El que posibilitaba esa Telecaster cuyos colores recordaban al boss springsteeniano. Corazón defenestrado fue el punto y final. “Llevo un día demasiado agitado, con la cabeza y el corazón defenestrado…”.

Y tocó volver a la realidad. Subir esas escaleras con huesos de perro incrustados para percibir de nuevo el mundo real. El viaje había llegado a su fin. Aunque no por ello hay que quedarse encerrado en la celda de la monotonía. Se antoja obligatorio “volar de esta jaula aunque me sigan cortando las alas”. Solamente así será posible cerrar los ojos y gozar de la liberación. Calles secundarias. Encuentros bajo tierra. Bienvenidos al lugar en donde todo es posible.

Sobre Mario de Jaime Moleres

¿Hay algo mejor que abrir la aplicación de música de tu móvil, ponerte los cascos y cantar en voz alta pensando que tienes una voz angelical cuando en realidad cantas peor que un grillo mojado? Así se podría resumir mi día a día, porque si no estoy de esta guisa me encontrarás en cualquier concierto y en cualquier sala de por ahí. Por cierto, también toco una poco la guitarra y soy periodista, aunque creo que es lo menos importante.

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