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Crónica | Robe Iniesta en Bilbao

Algo diferente se intuía en las escaleras que suben al Bilbao Arena desde las calles del Casco Viejo. Una vuelta a 2014, cuando Extremoduro llenaba pabellones semana tras semana dentro de su gira ‘Para todos los públicos’. Camisetas de Leño, Platero y Tú y, por supuesto, del grupo liderado por Robe Iniesta. El mismo que, con la ayuda de Uoho, Colino y Cantera, tantas sonrisas ha dibujado desde el lanzamiento de aquel lejano ‘Agila’ que les catapultó a la fama. Esta gira puede ser diferente, en parte porque a más de uno le resultará raro cantar canciones de Extremoduro sin tener al grupo al completo encima del escenario. Pero a Robe se le ve más enérgico que nunca. Con más ganas de hacer disfrutar a su gente. Y ahí juega un papel fundamental su banda. Su comunión con ella es envidiable. Obviando el talento palpable de cada uno de ellos, lo cierto es que existe una conexión que se traduce en unos directos de una maestría codiciable.

El Eye of the Tiger de Survivor que sonaba por los altavoces mientras se llenaba el Bilbao Arena anticipaba una noche de rock a la vieja usanza. Saltos, cantos y abrazos se veían a medida que la gente avanzaba. Carreras para llegar a las primeras filas. Y mucha felicidad. La normalidad de siempre. Como corresponde a una buena estrella del rock, el inicio del concierto se demoró algunos minutos. Poco importaba. Las luces se apagaron. Y el signo de Robe empezó a bajar poco a poco hasta situarse encima del escenario. Unas cortinas improvisadas se abrían para que los protagonistas de toda esta historia hicieran acto de presencia. Uno tras otro. Hasta que llegó la apoteosis colectiva. Escudado por su característica guitarra Sabrafen, el de Plasencia comenzó a tocar Hoy al mundo renuncio, canción incluida en su álbum ‘Destrozares, canciones para el final de los tiempos’, lanzado en 2016.

«¡Gabón Bilbo!». Después de Guerrero, vino el primer plato fuerte de la noche. Las linternas de los móviles se encendieron para cantarle a esa persona especial que pregunta hacia dónde vamos tan deprisa con una sonrisa. A la que es capaz de nadar en el mar más profundo y de salvar el mundo. La alternancia de canciones de épocas pasadas con las actuales era la tónica predominante. El cielo cambió de forma fue la antesala del segundo frenesí de la noche. «Tan, tan. Llaman a la puerta otra vez…». El tiempo avanzaba sin que nadie mirase el reloj. Quizás era porque se rompió la cadena que le ataba a las horas. Ni siquiera la larga duración de la mayoría de los temas interpretados parecía algo fatigoso. Más bien lo contrario. La primera parte del concierto se dio por finalizada con la interpretación de Locura Transitoria y de Dulce Introducción al Caos.

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«El concierto empezará de nuevo en cinco minutos». La megafonía del recinto de Miribilla avisaba a los que aún se encontraban en el área de restauración con la cerveza en la mano. Media hora después, Robe y su banda se lanzaron de nuevo a las tablas. Sin mediar palabra, Mayéutica comenzó a sonar desde el principio hasta el final. Fue aquí donde se aprendió a que el viento sople siempre a favor y que empuje y eleve. A bailar como una puta loca. A sentir el cuerpo y el momento. Y a no ser el dueño de las emociones. Coda feliz significó un punto y seguido, la calma que anticipó lo que se se produjo después.

«Es el sexto concierto que voy de esta gira», decía Álvaro orgulloso mientras mostraba su tatuaje del signo de Robe en la nuca. Para entonces, el delirio era general. Standby y La Vereda de la puerta de atrás ayudaron a ello. «Me arruinan las prisas y la falta de estilo. Las tardes de domingo y hasta la línea recta. Me enervan los que no tienen dudas y aquellos que se aferran a sus ideales sobre los de cualquiera», decía Robe mientras punteaba su guitarra. La noche no podía acabar sin la evocación a amar libremente. A ensanchar el alma. Y a preferir vivir como un indio que como un importante abogado. A Robe se le ve feliz. Y, lo que es más importante, hace feliz a toda la gente que le acompaña todas las semanas. Para que luego digan que la música no cura las heridas.

Robe hace vibrar al Pabellón príncipe Felipe

Sobre Mario de Jaime Moleres

¿Hay algo mejor que abrir la aplicación de música de tu móvil, ponerte los cascos y cantar en voz alta pensando que tienes una voz angelical cuando en realidad cantas peor que un grillo mojado? Así se podría resumir mi día a día, porque si no estoy de esta guisa me encontrarás en cualquier concierto y en cualquier sala de por ahí. Por cierto, también toco una poco la guitarra y soy periodista, aunque creo que es lo menos importante.

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